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La guerra después del divorcio: un ejemplo de interferencia parental

master en psicologia forense

El divorcio es un hecho que no solo afecta a la pareja, sino que involucra a los hijos y, a veces, también a la familia extensa de forma prolongada, sobre todo si uno los se dedica a hacer campaña negativa contra el otro progenitor. Así, por ejemplo, cuando se desacredita al otro progenitor, cuando se le insulta delante de los hijos, cuando “se olvida” de informar al otro progenitor sobre asuntos relacionados con el menor (temas médicos, escolares, extraescolares, etc.), cuando se evitan pasar las llamadas telefónicas a los hijos, cuando organizan actividades para los hijos durante los períodos que el otro progenitor tiene el derecho de estar con ellos, cuando desvaloriza e insulta a el otro progenitor ya la nueva pareja de éste, cuando se gratifican en los hijos las conductas despectivas y de rechazo hacia el otro progenitor, cuando cambian de domicilio con el objetivo de destruir la relación del otro progenitor con los niños o cuando se acusa al progenitor no custodio de agresiones sexuales o de enfermedad mental, argumentando que representa un peligro para los menores, se está hablando de Interferencia Parental, también llamado Síndrome de Alienación Parental (SAP).

Richard Gardner, psiquiatra infantil y forense, definió este concepto por primera vez en 1985, explicando que los síntomas que veía en los niños después de la separación o divorcio, eran de odio, desprecio y rechazo explícito hacia el otro (normalmente hacia el progenitor no custodio), sin causa justificada. En la actualidad la Asociación Americana de Psiquiatría no lo admite como “Síndrome”.

El padre o madre que manipula a sus hijos persigue la total ruptura del vínculo con el otro progenitor, que no solo conlleva sufrimiento, sino que a veces será imposible reconstruir en el futuro. Es, muchas veces, una forma de venganza o de manifestar el despecho hacia la ex pareja.

Pau es un hombre de 42 años que está separado hace siete años de su ex mujer, Elena, con quien tiene dos hijos, Ona de 8 años y Oliver de 6 años. Ambos tienen la custodia compartida de los dos niños. Desde hace dos años, Pau ha iniciado una relación de pareja con Carolina, quien en la actualidad, conoce a sus dos hijos y mantiene un contacto cercano con ellos.

Los primeros cuatro años luego de la separación, Pau admite que con el fin de evitar discusiones con Elena, ha cedido en muchas ocasiones a las peticiones y reajustes (de horarios, fechas, etc.) que ha solicitado su ex mujer. Sin embargo, desde que está con Carolina, ha intentado poner límites más claros y apegarse lo más posible al acuerdo que se firmó durante el divorcio. La razón por la que decide actuar de esta manera es porque necesita pasar tiempo con su nueva pareja y tener muy clara su agenda para evitar contratiempos

Desde que esta situación existe, Elena ha tomado una actitud conflictiva, retadora y ha hecho campaña negativa contra Pau delante de sus hijos y de conocidos que tienen en común. Elena le ha dicho a Pau que “ya que ahora no tiene tiempo para sus hijos porque está rehaciendo su vida”, debería plantearse darle la custodia completa de Ona y Oliver a ella.

Elena evita atender las llamadas de Pau, emplea a los niños como intermediarios para enviarle mensajes al padre, les comunica que ellos no están más tiempo con ella porque su padre no lo permite y que no hacen las tres extraescolares que quiere cada uno porque Pau no quiere “soltar la pasta”, pero que ella está dispuesta a dárselos todo.

Asimismo, Elena llama “aburrida” delante de sus hijos a Carolina porque es una mujer muy tranquila, que se alimenta sanamente y sigue unos hábitos diarios muy sanos, lo cual se promueve en casa cuando los niños están con Pau y con ella. Además, Pau pone normas y cuando tiene que llamar la atención a los niños, lo hacen sin dudar. En cambio, en casa de Elena, pueden mirar Disney el resto de la tarde, todos los martes son “días de pizza” y no se “da caña a los niños porque ellos lo que necesitan es amor y diversión”.

Ona es la que manifiesta mayor sintomatología de interferencia parental, ya que muchas veces ha señalado que estar con la mamá es “más guay que estar con el papá”. También señala que Carolina solo les hace comer verduras y que el padre es muy “regañón y está de mala leche”. Además, en el colegio está teniendo problemas con sus compañeros porque continuamente se jacta de los sitios a los que va con la madre y de la ropa de “marca” que le compran, además que lleva un mechón de pelo teñido de amarillo por la madre, lo que es motivo de burla.

Pau al ver esta situación ha pedido orientación a una psicóloga forense. La experta ha recabado la información del caso y ha estudiado las posibilidades de actuar introduciendo una demanda hacia Elena. Sin embargo, ha concluido que demandar por Interferencia Parental no va a llevar a nada a Pau ya que de cara a los tribunales este fenómeno no existe porque no es comprobable a nivel pragmático, a menos que existieran pruebas reales como videos, grabaciones, correos electrónicos, etc.

En este sentido, le ha sugerido a Pau:

1. Esperar a que Elena proceda con una demanda para obtener la custodia completa de los niños y entonces “preparar una defensa adecuada”.

2. Con los niños: “que los hechos sean los que hablen y no las palabras, porque los niños no tienen la madurez cortical para entender razones adultas”.

3. Ambos niños, especialmente Ona, debe estar en continua supervisión y asistir a terapia psicológica de ser necesario.

4. En relación a las extraescolares ser honesto y señalar que no se puede pagar todas las actividades que cada uno de ellos desea hacer.

5. En cuanto a los patrones y normas de crianza: “reforzar las buenas costumbres y hábitos en casa aunque inicialmente parezca el progenitor aburrido, ya que lo que hacen en casa de la madre no lo puede controlar, pero los niños crecerán y tomarán conciencia de las acciones de cada figura parental”.

Partiendo del caso expuesto previamente, se destaca que la interferencia parental constituye con el menor y con el padre alienado, una forma de maltrato o abuso psicológico y emocional que deberían tener en cuenta los tribunales. Sin la intervención de la justicia, el progenitor alienado no tiene ninguna oportunidad de solucionar el problema sino aceptarlo y aprender a vivir con él.

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