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El enfado patológico: estrategias para canalizarlo en consulta

master en psicoterapia del bienestar emocional

Filósofos como Aristóteles, Séneca o Plutarco definían el enfado como una emoción o pasión intensa provocada cuando la gente sufre o percibe que sufre un dolor, insulto o injuria que les motiva un deseo de venganza u otro tipo de acción para castigar al ofensor o que este les restituya (Sevillá y Pastor, 2016).

Aristóteles fue preciso diferenciando el enfado saludable del patológico al señalar que “Cualquiera puede enfadarse, es algo muy sencillo. Pero enfadarse con la persona adecuada, en el momento oportuno, con el propósito justo y del modo correcto, eso, ciertamente, no resulta tan sencillo”.

La rabia surge cuando se ha atentado contra nuestra dignidad, se nos ha hecho daño o se han vulnerado nuestros derechos. Resulta productiva cuando se moviliza energía hacia la modificación de las circunstancias que nos dañan (Lizeretti, 2012). No obstante, la persona que se enfada demasiadas veces, con demasiada intensidad o con demasiada duración, puede tener síntomas de enfado patológico. Específicamente, en estas personas, la gama de situaciones estimulares que provoca enfado es muy amplia; tienen un umbral de estímulos amenazantes muy bajo, ante los que reaccionan aproximándose, en vez de huir, con el objetivo de eliminar el peligro. Presentan un estado relativamente constante de irritación y sus conocidos pueden definirles como gruñones o del mal genio. Presentan una alteración psicofisiológica muy elevada y, a menudo, muy rápida, llevándoles a externalizar la rabia con conductas disruptivas y agresivas, desde insultos hasta palabras groseras, pasando por violencia contra objetos, hasta agresión física. Además, su enfado, tras la ofensa, puede durar entre días y semanas, pareciendo estar en un estado constante de rencor, como si no pudieran procesar el evento disparador, considerándolo inaceptable (Sevillá y Pastor, 2016).

A nivel psicobiológico es importante saber cuáles son las estructuras cerebrales implicadas en la respuesta de enfado (Sevillá y Pastor, 2016):

-El núcleo de rafe, cuya función es enviar serotonina al resto del cerebro proclamando mensajes químicos de tranquilidad.
-El locus coeruleus, el cual envía noradrenalina al cerebro, excitándolo y poniéndolo en estado de activación
-La sustancia gris periacueductal, que son circuitos neuronales que controlan la conducta de lucha, incluyendo la respuesta de “quedarnos congelados”.
-El sistema nervioso autónomo, que controla las respuestas fisiológicas que dan el sustrato biológico a las emociones (el sistema simpático enerva y provoca las reacciones y el parasimpático las refrena y reduce buscando el equilibrio).
-El hipotálamo que afecta la activación simpática y parasimpática, además de actuar sobre el sistema hormonal a través de la hipófisis
-La hipófisis, que segrega la corticotropina, ante la que las glándulas suprarrenales excretan el cortisol en la sangre, el cual produce un aumento de glucosa y dota al organismo de energía para afrontar una situación de peligro, aumentando también la sensibilidad ante estímulos externos
-La amígdala que dirige y articula el funcionamiento del resto de estructuras implicadas en las respuestas de enfado y agresividad
-La corteza prefrontal, en la que reside la capacidad de pensar, evaluar, sentir emociones y ser consciente de ellas.
-La corteza dorsolateral que permite la planificación y control de la conducta a través del análisis de acciones pasadas
-La corteza orbitofrontal, la cual consigue que una opción elegida se convierta en una conducta real
-La corteza ventromedial que consigue que seamos conscientes de nuestras emociones y dota de significado emocional a nuestras acciones facilitando la autorregulación.

En relación a nuestro rol como terapeutas, nos encontramos con algunas dificultades para lidiar con personas que presentan enfado patológico. El obstáculo fundamental es la dificultad para crear empatía hacia el cliente o incluso sentir miedo ante ellos. No es raro que un alto porcentaje de terapeutas se sientan incómodos ante los comportamientos de enfado que exhibe el paciente día a día sino que esa incomodidad aumenta cuando estos comportamientos aparecen durante la sesión, lo que conlleva a distintas reacciones emocionales como el rechazo, el distanciamiento emocional, el enfado o el miedo (Sevillá y Pastor, 2016).

Dichas reacciones emocionales dependen de la propia historia de aprendizaje personal del terapeuta. Si aceptamos el reto de trabajar con esta clase de personas, la solución es emplear con nosotros mismos las mismas estrategias que les enseñamos a ellos, teniendo en mente la frase de Albert Ellis, que señala “que una persona actúe piojosamente, no la convierte en un piojo”.

Partiendo de lo dicho previamente, algunas estrategias útiles para canalizar el enfado son (Lizeretti, 2012):

1. Poner al descubierto los juegos psicológicos y de poder para bloquearlos (manipulación, chantaje, intimidación por parte de otros).
2. Disminuir las causas de irritación, no dejando que se acumulen contrariedades. Para ello es útil priorizar.
3. Tener en consideración el punto de vista de los demás y no atribuir intenciones infundadas en su conducta.
4. Tras una agresión hay que dejar pasar un tiempo de reflexión, sin pasar a la acción de inmediato. Siempre es necesario centrarse en la causa actual de la rabia y no proyectar en el presente agravios pasados.
5. Interrumpir la interacción si sentimos que perdemos el autocontrol para no llegar a ningún tipo de violencia.
6. Saber perdonar, aceptar la reconciliación pasado un tiempo o evaluar si merece la pena seguir en relaciones que nos dañan sistemáticamente.

 

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