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La comunicación no verbal en terapia: evidencias externas del estado interno

Máster en Psicología Clínica y de la Salud

Tal como decía Paul Watzlawick en su famoso axioma nos es imposible no comunicar. Tanto lo que manifestamos como lo que no, trasmite algo de nosotros, incluso nuestro silencio comunica. Por ello en la esfera psicológica ya hace décadas que remarcamos la importancia que tiene todo lo relacionado con el lenguaje no verbal. Los autores varían el porcentaje de valoración de este tipo de comunicación, pero en todos los casos se le supone un porcentaje aplastante sobre el verbal, el cual es el que más tratamos de educar y desarrollar. Queramos o no enviamos señales emocionales en cada encuentro y esas señales afectan a aquellas personas con las que estamos, de hecho cuanto más hábiles somos socialmente mejor controlamos las señales que emitimos (Goleman 1995). No conviene, sin embargo, engañarse con interpretaciones homogéneas y simplistas como las que hoy día vuelven a proliferar en ciertos medios de comunicación: no hay manual definitivo ni formula mágica, los gestos han de ser analizados en su contexto situacional y cultural, e incluso la idiosincrasia del individuo y de los destinatarios hará variar su posible significado e interpretación.

No debemos tomar toda esta comunicación como un reto molesto que superar o dominar, su existencia no es casual. La etología nos ha remarcado que la comunicación no verbal posee una indudable ventaja evolutiva. El mismo Darwin hacía referencia a ella en su obra “la expresión de las emociones en el hombre y los animales” ya en el S.XIX, y es que estas manifestaciones permiten que los otros miembros de la especie tengan evidencias externas del estado interno del individuo y siguen presentes, de forma inevitable, debido al valor que tuvieron en su momento para la evolución de la especie (Hinde 1972, Tinbergen 1952). Hoy gracias a la psicología social podemos identificar correspondencias de forma universal en al menos cinco gestos que expresan nuestras emociones básicas compartidas, a saber, miedo, tristeza, cólera, alegría y asco (Baron y Byrne 1998).

Sin embargo, hoy en día proliferan los cursos y talleres para saber expresarse correctamente. Asimismo son incontables las terapias individuales y de pareja en las que los profesionales escuchamos expresiones como “siento que las personas no me entienden” o “nadie presta atención a lo que digo y no se por qué” o bien “no me siento comprendido”. Pues bien, ¿qué es lo que ha ocurrido para que los seres humanos hayamos perdido nuestra maestría con la que veníamos de fábrica, aquella que nos hizo ser capaces de manipular con gran éxito todo nuestro entorno prácticamente desde que éramos recién nacidos? Es quizá un hecho consustancial a nuestra “sociedad de la información”. Inevitablemente todos nos veremos inmersos en una lucha no deseada entre nuestra vertiente instintiva y nuestra faceta social y estratégica, y no resulta nada sencillo falsear esta comunicación de forma consistente. Existen por ejemplo patrones no voluntarios en las emociones genuinas, tal como la famosa sonrisa de Duchenne: es la sonrisa espontánea, que tiene que ver con el sistema límbico que a grandes rasgos gestiona respuestas fisiológicas ante estímulos emocionales, contra la sonrisa que podemos emitir de forma forzada o la llamada “sonrisa social”, la cual involucra a la corteza motora, resultando de la voluntad del individuo y no tanto de una genuina expresión de alegría.

A nivel terapéutico, en consulta psicológica es importante tener en cuenta dos posibles dificultades. La primera de ellas, muy común en terapeutas noveles, es el exceso de congruencia en la forma de sintonizar con un cliente, es decir, un cuidado extremo en  la emisión de comunicaciones que busca acrecentar el rapport, un propósito legitimo, puesto que la actitud gestual puede trasmitir más información que la emitida por las palabras o el lenguaje verbal, incluidas las curvas entonativas (Pease 1987). Ahora bien, el intento suele resultar tan exagerado que destruye totalmente la naturalidad, con lo que el resultado se puede parecer más a la interpretación de un mal actor o a uno de esos anuncios de venta televisiva que se emiten a horas intempestivas. La segunda dificultad suele afectar por el contrario a los terapeutas con más experiencia, y está en convertirse en un mero reflector de problemas (generalmente ante el exceso de carga laboral). Por eso en nuestro contexto es necesario aspirar constantemente a situarnos en una posición que no solo trasmita la identificación, el reflejo de los pensamientos y las emociones de nuestros clientes, sino que, además, nos corresponde incluir sugerencias no directivas o ejercicios para ayudar a las personas afectadas a identificar, desbloquear o afrontar un posible déficit. Estas actuaciones se ajustan a un nivel de empatia cinco (el máximo) en la escala creada para categorizar dicha habilidad (Corimer, William H. Sherilyn 1979). Todo ello sin dejar de incrementar el rapport mediante el tono de voz, el tempo, la inflexión y la postura, facilitando así una sólida alianza terapéutica y, por tanto, aumentando la probabilidad de que las sugerencias terapéuticas sean aceptadas e integradas.

En cuanto al asesoramiento psicológico en este ámbito resulta en muchas ocasiones imprescindible, no solo en cuanto al mero entrenamiento (role playing de habilidades sociales) e identificación de errores, sino en lo referente a los contenidos mentales que subyacen al desempeño de una expresión no verbal que no alcanza los objetivos pretendidos, no acompañando ni enfatizando lo que se quiere trasmitir sino invalidándola. La intervención resulta necesaria porque, al fin y al cabo, toda la comunicación no verbal es producto de dos factores: aquello que se esta diciendo una persona a si misma y de qué manera percibe a los demás. De nada servirá, pues, el mejor cursillo, taller o preparar la mejor exposición si antes no se afronta este aspecto crucial.

Finalizamos repitiendo las palabras que inician este artículo: en efecto no existe comunicación no exitosa, sino resultados no deseados. Así que lo importante es ser capaces de transmitir lo que queremos y no producir inadvertidamente un resultado no deseado. He aquí cinco aspectos básicos que facilitan el éxito:

– Hay que mirar a los ojos. No por obvio es menos pertinente. La falta de atención por causa de los dispositivos móviles y la forma de hablar de “esfinge” (de lado) resulta sorprendentemente común. Asimismo, no hay que mantener la mirada fija mucho tiempo, hay que fluctuarla suavemente (evolutivamente nuestra mirada fija indica agresividad o bien enamoramiento).

– Las manos por lo general jamás deben cerrarse con el gesto del puño y en cualquier exposición deben moverse entre el espacio que va desde la cintura y el pecho.

– No levantar barreras físicas, al menos no exageradas, tales como colocarse las manos a la altura del cuello o la boca, sujetando un café por ejemplo, o poner los brazos en jarras.

– Atención a los pies: suelen pasar desapercibidos pero suelen otorgar información extra sobre la atención. La postura en “V” invertida dará impresión de pasividad y timidez, y colocar las piernas separadas junto con los brazos cruzados resulta en una “postura alfa” que trata de imponer su mensaje de forma autoritaria y se cierra a sugerencias.

– Fundamental respetar la burbuja personal, la distancia social, intima, y publica, según el nivel de familiaridad que tengamos con la persona.

El Máster en Psicología Clínica y de la Salud de ISEP tiene en cuenta la comunicación no verbal durante la entrevista clínica y dentro de las competencias específicas que adquirirás al realizarlo está el desarrollo de las habilidades básicas del terapeuta: empatía, escucha activa, aceptación positiva, etc.

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