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Narcicistas: una vida actuada. Consideraciones básicas a la hora de abordar el narcisismo en consulta

Máster en Psicología Clínica y de la salud

Los narcisistas pueden ser encantadores y resultar fascinantes. Poseen un poder de seducción que llena el espacio donde se encuentren. Siempre impecables, se esfuerzan en aparecer rodeados de signos de riqueza, belleza, prestigio o poder, saben causar impacto y sobresalir, dejando caer los nombres adecuados y tratando constantemente de impresionar a su entorno, siempre buscando el foco y la influencia. Todo ello no deja de ser una “enfermedad de nuestro tiempo” como decía Alexander Lowen, y es que vivimos en una sociedad que aprueba ciertas cualidades y metas que son propios del narcisismo, aunque de forma sutil e indirecta, prestando una atención obsesiva a ciertos aspectos que luego reprobamos. Si tuviese que poner un ejemplo de esto seria como si un programa de televisión marcara records de máxima audiencia día tras día, pero luego nadie admitiera haberlo visto nunca.

El narcicismo tiene aspectos que no pueden ser atribuidos a un rasgo histriónico o a alguna manía excéntrica de la personalidad, sino que se configuran como un autentico trastorno, el cual conlleva un inevitable sufrimiento para el entorno del narcisista, dejando generalmente tras de sí un funesto rastro de manipulaciones, traiciones, paranoia, crueldad e ira descontrolada y  ocultando en el fondo un gran vacío interior, una incapacidad de dar afecto y de recibirlo, manteniéndose el narcisista en una búsqueda insaciable de las fantasías de gloria, poder, brillantez, belleza o amor ideal que elabora incansablemente (DSM-IV-TR).

En primer lugar, hay que señalar que es un error confundir el narcisismo con la posesión de una autoestima alta. Aunque sin duda un cierto narcisismo es necesario y resulta esencial si lo entendemos como un sentido de autovalia (McNeal 2008). De hecho, en una persona sana, esto contribuye a que se sienta digna y valiosa por el mero hecho de ser ella misma, se sienten valorada, y persiste en obtener sus metas y sueños. Este es un desarrollo sano y saludable; la autoestima es un proceso y debe entenderse como tal. Sin embargo, para el narcisista este proceso se convierte en un fin en si mismo, en la meta final de su existencia y, al ser tan vital, se mantiene a costa de cualquiera, degenerando en una búsqueda de referencias externas constante, en la que los demás se convertirán a menudo en obstáculos o objetos a manipular, al servicio de su ansia de ser reconocido como alguien realmente grandioso y único.

Pero, paradójicamente, el narcisista perfecto no existe mas que en las paginas de los manuales diagnósticos: sus puntos característicos a menudo son mixtos, configurándose de forma comórbida con criterios propios de personalidades histriónicas, antisociales y límite de la personalidad (Kernberg 2007), siendo mucho más negativo el pronóstico si se configura con esta última.

Tampoco debemos confundir su comportamiento con el trastorno antisocial de la personalidad, puesto que, aunque sea cierto que el narcisista usa a las personas para ascender y sobresalir, su filosofía de vida depende en ultima instancia de las otras personas, de sus halagos, de sus elogios, de las satisfacciones físicas, emocionales y económicas que estos pueden procurarle. De hecho, en muchas ocasiones se mueven en círculos de personas privilegiadas en algún aspecto con objeto de “cazar” a nuevos adoradores, que consideran están “a su mismo nivel”. Coinciden, asimismo, en la carencia de empatía, pero en el narcisismo se despliega una autentica mascara pseudoempatica bastante convincente. La principal diferencia con el trastorno antisocial desde este enfoque esta en que estos últimos no requieren la admiración o el aplauso de las otras personas, sino que las usan y transgreden sus derechos sin intención de obtener ningún reconocimiento, solo beneficios.

Mucho se ha escrito sobre la génesis del narcisismo, principalmente desde enfoques psicodinámicos. En principio podríamos suponer que todo ese despliegue de autoglorificación, y mentiras proviene de un complejo de inferioridad tal como postulaba Adler, lo usa para compensar el sentimiento de deficiencia, probablemente fruto de una deprivación emocional en la infancia. Sin embargo, esta posición, a pesar de ser atractiva, cuenta con poco apoyo empírico. De hecho, las consecuencias de este tipo de infancia derivan más hacia la apatía, la evitación, el pobre desarrollo de habilidades sociales y la nula o escasa interacción, conllevando, casi siempre, un estado depresivo (Harrow 1959, Yarrow 1966).

Una posición más prometedora que sitúa también sus orígenes en la infancia del narcisista esta en hacer hincapié en el concepto de autoestima, contemplando esta como algo aprendido de forma temprana y aceptando que tiene un peso determinante en el comportamiento humano. Es posible, entonces, que la influencia de los padres del niño sea decisiva. Existe, en efecto, un patrón de crianza característico de las personalidades que luego traslucen narcisismo, una falta de transmisión de ese “narcisismo sano” al que hacíamos referencia, es decir, en lugar de ayudar al niño a desarrollar una imagen positiva de si mismo y un correcto sentido del self, que le ayudará en el futuro a desarrollar una correcta percepción de sus habilidades y limitaciones, se produce un modelamiento exagerado de las habilidades y logros del niño, sin darle un feedback realista que luego le ayude a desarrollar una correcta tolerancia a la frustración, o bien, poniéndole unas metas totalmente irreales,  de este modo se refuerza progresivamente el self potencialmente disfuncional y sobrevalorado, mediante la ecuación privilegiada, los privilegios interminables y las profecías autocumplidas en forma de “mandatos” a sus hijos (Van der Waals 1962 Sharp 1980). De este modo, luego en la vida adulta, la minima frustración se traducirá en ataques de ira completamente fuera de lugar, no existirá aceptación, no existirá reconocimiento, ni humor posible ante los errores cometidos, solo se acumulara rencor y ansias de venganza, esto unido a la sensación de superioridad y de ser único, de merecerlo todo en el mundo, tan característica de las personalidades narcisistas, desembocara en la constante incapacidad de hacer la distinción entre la imagen y el yo, resultando en una vida no vivida, sino actuada.

¿Qué recomendaciones se pueden hacer a la hora de trabajar con estos pacientes? Mi formación universitaria, el posterior Máster en Psicología Clínica y de la Salud de ISEP y mi experiencia (y siendo completamente sincero) aseguran que la asistencia de este tipo de pacientes en consultas psicológicas es escasa o nula. Si acuden, generalmente será por obligación o presión de su entorno más cercano. Hay que pensar que en la lógica del narcisista él o ella ya son prácticamente perfectos, y una de las consideraciones típicas que pueden mantener es pensar que aquellos que van a terapia son inferiores o bien personas mentalmente débiles.

Como hemos dicho, afortunadamente no existe la personalidad narcisista “pura”, por tanto, pueden existir ciertos criterios que son cumplidos por muy diversos pacientes. He aquí una serie de consideraciones básicas a la hora de abordar el narcisismo en consulta:

– Aprovechar las tendencias de autocontemplación para comenzar y atraer el interés hacia la terapia, no centrarse en atacar o ridiculizar las ilusiones de grandiosidad o se perderá cualquier oportunidad de crear una relación terapéutica sostenible.

– Jamás hay que tratar de engrandecerse ante el paciente comentando lo buen terapeuta que es uno. Este hecho a priori no es una práctica correcta en la relación con cualquier paciente, pero en el caso del narcisista resulta un movimiento fatal, ya que en lugar de convencerle conllevará una lucha de egos, en la que se perderá tanto la confianza como el respeto de este. Si se comienza así probablemente se pasará a ser uno más de la lista de personas a superar o a devaluar, y el narcisista es un experto en señalar deficiencias y razones por las cuales las personas de alrededor son inferiores.

– Si no se está especializado en trastornos de personalidad, o no se tiene una experiencia adecuada lo mejor es derivar a otro profesional que cuente con experiencia en el ámbito. El carácter narcisista desgasta profundamente y hay que ser un profesional especialmente persistente y resistente para obtener los resultados deseados

– Usaremos el dialogo socrático derivado de las técnicas de reestructuración cognitiva, pero vigilaremos especialmente que ésta herramienta no se convierta en una forma de “alimentar” el ego del paciente. No hay nada que agrade más al narcisista que el que le pregunten por sí mismo, esto puede desencadenar discursos de autojustificación y engrandecimiento y devaluación de los que tiene alrededor de tal magnitud que pueden bloquean el progreso terapéutico.

– Establezca limites, esta es quizá la intervención más importante. El narcisista tratara de romper el setting psicólogico desde el minuto uno: podemos encontrarnos peticiones que demanden un trato especial, una disposición espacial distinta, más tiempo, un cierto privilegio de horario, de contacto, de trato etc. Si cede no solo no estará ayudando al paciente sino que reforzara los aspectos ilusorios que quiere tratar.

– Hay que confrontar, sutilmente y en el momento oportuno. Confrontar es uno de los deberes básicos de un buen terapeuta y en el caso del narcisismo hay que ser muy cautelosos, puesto que se corre el riesgo de desencadenar los disparadores de la susceptibilidad narcisista y esta es extremadamente elevada, tanto por motivos reales como imaginarios.

– Poner metas realistas y alcanzables, no tratar de desmontar todas las distorsiones, esa pretensión producirá un fracaso seguro. Usar técnicas como la exposición a la ansiedad en imaginación y conseguir pequeños ajustes prácticos hacia una posición más realista es una buena meta terapéutica.

Una buena formación para psicólogos como el Máster Psicología Clínica de ISEP ayuda al terapeuta a saber afrontar con seguridad y eficacia un caso de narcisismo en consulta.

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Acerca del autor:

Carlos Sanz Andrea
Antiguo alumno del Máster en Psicología Clínica y de la Salud de ISEP

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