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El suicidio: la epidemia silenciosa

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El suicidio hoy en día aún es un tema tabú en nuestra sociedad, nos resulta difícil de entender  cómo se puede tomar una decisión radical y permanente, ante aspectos y percepciones que a veces son solo temporales, un tema en torno al cual giran aún muchos mitos que desmentiremos en este artículo. Desde los entornos sanitarios seguimos luchando por concienciar sobre este tema, ya que el suicidio es un problema de salud pública cada vez más grave.

En datos de la Organización Mundial de la Salud (Värnik, 2012), cada año se suicidan en el mundo entre 800.000 y 1.000.000 de personas lo que supone una tasa de 11.4 personas por cada 100.000 habitantes mientras que en lo que a España se refiere se producen de 2.500 a 4.500 suicidios consumados anuales y en torno a 25.000-50.000 intentos de suicidio. Con estas alarmantes cifras se echa de menos una concienciación tan clara y visible a nivel preventivo como tienen otras causas potenciales de fallecimiento, como por ejemplo las de víctimas de accidentes de tráfico, a pesar de ser un número menor (Sáiz y Bobes, 2014).

Factores predisponentes y protectores del suicidio

Existen varios factores predisponentes al intento autolítico, como por ejemplo el haber sufrido sucesos traumáticos en la infancia, tener una historia previa de intento suicida o de suicidio en la familia, mostrar un nivel alto de impulsividad/inestabilidad emocional o carecer de recursos de afrontamiento adecuados.

El aislamiento social resulta especialmente relevante en ancianos y adolescentes (Blasco-Fontecilla et al., 2010) y en adultos cada vez nos encontramos con mayor frecuencia el llamado “suicidio por balance” personas que se encuentran en una situación económica, familiar o social en la que juzgan que la vida carece ya de valor y de sentido, o bien sienten que se encuentran sin fuerzas para afrontar más dificultades, hay un hastío de la vida y se produce una pérdida radical del deseo de vivir (Bobes et al., 2011).

A nivel psicológico son factores protectores una autoestima adecuada, una flexibilidad cognitiva o una impulsividad controlada, una estabilidad emocional y unos recursos psicológicos de afrontamiento apropiados, especialmente en el ámbito de la resolución de conflictos o de las habilidades sociales. Asimismo, el repertorio de valores del sujeto, de tipo religioso, espiritual o altruista, puede neutralizar hasta cierto punto los pensamientos derrotistas o la ideación suicida (Mann et al., 2005).

Por último, ciertos factores sociales como tener relaciones sociales ricas, estar integrado culturalmente, contar con apoyo familiar o tener hijos pequeños (sobre todo, en el caso de las mujeres) potencian la capacidad de resistencia ante el suicidio. Incluso los animales domésticos (los perros especialmente) pueden constituir un escudo protector contra las tendencias suicidas de sus dueños porque son expresivos, ofrecen compañía y alegran a sus dueños (WHO, 2014). Asimismo un factor protector de gran importancia es ponerse en tratamiento médico o psicológico.

¿Cuáles son las principales creencias falsas sobre el acto suicida?

  • ¿Es verdad que si retamos a alguien a suicidarse éste no cometerá tal acto? Esta actitud es jugar con fuego, y trasluce falta de empatía hacia la persona afectada. Para derribar esta creencia hay que comprender que la mayor parte de las veces estamos hablando de personas a quienes les han fallado todos sus mecanismos de protección, que sienten que han perdido todo el control sobre su vida llegando a una situación de indefensión aprendida (Seligman 1975) por lo que, lo último que necesitan, son una provocación para acometer tal acto. Al contrario, debemos favorecer la inducción al paciente de algún tipo de esperanza y de control sobre su conducta (Bobes et al., 2011; Saiz et al., 2014; Tarrier et al., 2008) e incidir en factores susceptibles de ser modificados, como por ejemplo los trastornos mentales, la situación de estrés, las estrategias de afrontamiento o el aislamiento social (Bobes et al., 2011; WHO, 2014).
  • ¿Suicidarse es un acto de valor? La conclusión de que la vida ya no merece la pena no es un fin deseable. La autodestrucción es una desgracia que acarrea ya antes de suceder un alto nivel de sufrimiento en la posible víctima, y que se mantiene mucho tiempo después de perpetrado el acto, afectando a familiares, amigos y personas cercanas, dejando una sensación de consternación y vacío intensa, nunca despierta admiración entre los que se quedan.
  • ¿Heredamos tendencias suicidas? Esta creencia es utilizada en algunas ramas familiares que han sufrido historial comórbido de trastornos mentales y dependerá en última instancia de su afrontamiento.
    Lo que sí podemos aportar es que el suicidio covaria con factores tales como la edad y el sexo. Sabemos que los ancianos realizan menos intentos autolíticos que los jóvenes pero utilizan métodos más efectivos al intentarlo lo que lleva a una mayor letalidad (Värnik, 2012) o que las mujeres realizan tres veces más tentativas de suicidio que los hombres pero éstos consiguen consumar el suicidio tres veces más que ellas.
  • ¿Es el suicidio propio de personas con trastornos mentales o enfermedades? Es cierto que el suicidio se da más entre este grupo especialmente cuando se produce un agravamiento de un trastorno psicopatológico o de una enfermedad crónica dolorosa, o bien cuando se produce un aislamiento social indeseado, pero esto no implica causalidad directa.
    De hecho son más las tensiones vitales múltiples (pérdida del trabajo, muerte de un cónyuge, etc.) las que tienen un cierto valor predictivo, pero solo en personalidades vulnerables con tendencias impulsivas y agresivas y con pocas respuestas de afrontamiento (Blasco-Fontecilla et al., 2010). Por lo tanto, la enfermedad o el trastorno no son condición suficiente ni necesaria.
    Respecto a la exploración, es importante recurrir a instrumentos validados, como por ejemplo las Escalas de Depresión de Beck BDI-II (Beck, Brown y Steer 1996) o Hamilton (HDRS, 1960) o bien la Escala de Desesperanza (Beck, Weissman Lester y Trexler, 1974) junto con la entrevista clínica con el paciente y con los familiares.
  • ¿Si lo dice no lo hace? Una falsa creencia que se apoya sobre los presuntos beneficios secundarios que obtendría la víctima de enunciar la conducta suicida. En realidad denota una clara falta de empatía, desde el punto de vista profesional debemos comprender que el sujeto se presenta en una posición ambivalente: desea morir si y solo si su vida continúa de la misma manera pero desea vivir si se producen cambios significativos en ella (Blasco-Fontecilla et al., 2010).
  • ¿Si lo hace no lo dice? Más de un 50% de las personas que consuman el acto suicida manifiestan de una u otra forma sus intenciones previamente. Muchas personas que se quitan la vida lo han hablado antes o avisan de modo que cualquier anuncio de muerte autoinducida debe encender siempre una luz roja de alarma (Mann et al., 2005; Saiz y Bobes, 2014).
  • ¿Hablar sobre el suicidio incita a realizarlo? Rotundamente no, esta es una creencia muy difundida a nivel popular, relacionada con una mala interpretación del efecto Werther, y que no cuenta con ningún apoyo dentro de los profesionales de la Psicología. El suicidio no se contagia. Un profesional nunca dejará de abordar el tema con franqueza, honestidad y aceptación incondicional. Debemos tener en cuenta que en el tratamiento adecuado de un trastorno comórbido a la posibilidad de actos suicidas, por ejemplo en la depresión, se producirá la progresiva desaparición de las intenciones suicidas conforme avance la terapia. Nos encontraremos con tres niveles emocionalmente, un sufrimiento intenso; conductualmente, una carencia de recursos psicológicos para hacerle frente; y cognitivamente una desesperanza profunda ante el futuro, acompañada de la percepción de la muerte como única salida (Bobes, Giner y Saiz 2011) tras el tratamiento y en las entrevistas con víctimas de suicidios no consumados estos llegan a manifestar satisfacción por no haber fallecido una vez que el sufrimiento se ha controlado (Spirito y Donaldson, 1998).

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