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Atrapados en el trauma: perspectivas desde la terapia EMDR

Máster en terapias de tercera generación

Inevitablemente todos nos hemos visto en algún momento de nuestras vidas inmersos en situaciones de estrés, siendo testigos de las incomodas manifestaciones que produce en nuestro cuerpo. Cuando se activa en situaciones no deseadas, el pulso se acelera, la mente se queda en blanco, se nos queda la boca seca y las descargas de adrenalina se manifiestan en incómodos temblores de nuestras extremidades; nuestro organismo se prepara para luchar, huir o paralizarse, y no parece haber nada que podamos pensar o hacer para evitarlo.

Pero estas reacciones no se producen por casualidad, sabemos que tienen un sentido evolutivo: son respuestas que nos han sido útiles para sobrevivir como especie y, ciertamente, resultaban ideales, pero solo frente a las amenazas que suponían los depredadores que nos acechaban en el pasado. Desgraciadamente este “modo amenaza” también bloquea nuestra parte más racional convirtiéndose, en la sociedad actual, más bien en una molestia y jugándonos malas pasadas en momentos de especial relevancia para nosotros. De este modo, situaciones neutras como entrevistas de trabajo o exposiciones en público, situaciones en las que nuestra vida no corre auténtico peligro y en las que, sin duda, desearíamos permanecer tranquilos para desarrollar nuestro máximo potencial, pueden vivirse como tensas y desagradables.

Además de las consecuencias físicas que conlleva activar este “modo amenaza” demasiado a menudo, existe otra consecuencia que puede perpetuar, de forma insólita, el malestar experimentado. Me refiero al trauma psíquico, al cual somos más susceptibles durante estos periodos de estrés. Resulta interesante observar que, a pesar de que el trauma ha recibido una gran atención por parte de la psicología y de la psiquiatría prácticamente desde sus orígenes, estas disciplinas se centraron en buscar preferentemente explicaciones teóricas. Y no fue hasta la llegada de la psicología de corte cognitivo conductual que se comenzó a instituir tratamientos validados dirigidos a su manejo, como la desensibilización sistemática (DS) y la inoculación de estrés. Estas terapias, sin embargo, eran largas y, en ocasiones, inefectivas con ciertos sujetos; había que llegar más lejos y tratar más profundamente el trauma, el cual parecía quedar fijado tanto a nivel cognitivo como somático en los afectados.

Afortunadamente, hoy podemos recurrir a la terapia EMDR (Eye Movement Desensitization and Reprocessing) que es recomendada como tratamiento efectivo por la American Psychiatric Association (APA). Esta terapia fue creada y desarrollada por la Doctora Francine Shapiro, neuróloga y psicóloga que inició sus investigaciones en 1987 dirigidas a veteranos de guerra diagnosticados de TEP que no se veían beneficiados por la exposición, ni por los grupos de apoyo de la época. Su método supone una visión mucho más amplia del trauma: aborda de forma sistemática, con una terapia dividida en 8 fases y con aportaciones de otras corrientes. Está aprobada en estudios independientes y, hoy en día, sigue desarrollando prometedoras investigaciones e incorporando protocolos destinados a personas afectadas por múltiples condiciones, tales como ansiedad, duelo, abuso de sustancias y fobias, entre otras muchas.

El EMDR se basa en que la sintomatología no deseada se produce por los traumas no procesados, las consecuencias de los cuales pueden implicar molestas manifestaciones, como pesadillas recurrentes, hipervigilancia, hiperactivacion, malestar psicológico, reexperimentaciones del suceso (flashbacks), desapego, evitación acusada de estímulos asociados al trauma o, incluso, la restricción afectiva a la par que profundos efectos en la salud física derivados de todo este desgaste que, en ocasiones, se busca compensar mediante la ingesta de sustancias estimulantes o narcóticas. La sintomatología tiene lugar, generalmente, a partir de un suceso muy estresante e identificable en la historia del cliente (accidentes, agresiones físicas, muerte de un familiar de referencia, etc.), aunque en otras ocasiones puede responder a pequeños eventos acumulados de carácter nocivo, los cuales precipitan en una sintomatología u otra. Naturalmente, muchos de estos han de poseer un correlato neurológico, al parecer se focalizan en el tronco del encéfalo y el sistema límbico, los cuales se mantienen en un estado de hiperactivación, produciendo sensaciones y emociones que están en franca contradicción con las propias actitudes y creencias, tal como mantiene Shapiro (NY APA press 2002). Asimismo, los efectos producidos por la terapia también deberían ser observables, siendo esto precisamente lo que sostiene Bessel Van der Kolk, quien encontró cambios en el metabolismo del lóbulo prefrontal en las tomografías cerebrales después del tratamiento con EMDR (Levin, Lazrove, Van der Kolk 1999).

Al parecer nuestras áreas subcorticales, las áreas más primitivas que tan buena función tuvieron en pasado (responsables de la emoción y la supervivencia), no están bajo el control total consciente y pueden quedar marcadas por nuestra reconstrucción distorsionada o por nuestra atención limitada a los estímulos relacionados con la amenaza. Los traumas quedan fijados por sucesos que no estábamos preparados para afrontar, bien porque sucedieron en una época de nuestra infancia en que no nos pudimos valer por nosotros mismos o porque aceptamos una conclusión o  juicio que no nos pertenecía y que nos perjudicaba, sintiendo, a día de hoy, todavía todo su impacto emocional perturbador de la experiencia, con la misma fuerza que tendría si estuviera sucediendo aún en el momento presente.

En otros casos, sin embargo, las personas informan de que se muestran incapaces de recordar lo sucedido. Esto sucede, generalmente, debido a que el suceso en cuestión ha sumergido a nuestra mente en unas situaciones de un nivel tan extremo que difícilmente podemos asumirlas, debido a la ruptura tan brutal que supusieron respecto a las condiciones normales de seguridad en las que solemos vivir. Es en estas ocasiones cuando nuestro cerebro, para protegernos, suele recurrir a disociar la memoria del evento.

Finalmente, podemos aplicar este conocimiento al ámbito de la psicoterapia. Es sabido que los profesionales de la psicología tratamos, día a día, con personas que padecen reacciones indeseadas, crisis de pánico, ansiedad, miedos irracionales y adicciones, entre otras muchas cosas, reacciones que no se pueden evitar por muchas racionalizaciones y fuerza de voluntad que le pongan nuestros clientes. Es precisamente en estos casos donde resulta especialmente atractiva la aplicación del EMDR, ya que desde el paradigma actual, prioritariamente basado en el modelo cognitivo conductual, realizamos por lo común un trabajo dirigido a modificar pensamientos y conductas. Eso es correcto y ayuda en muchas ocasiones, pero con la incorporación de esta terapia al arsenal de técnicas del psicólogo nos es posible ir un paso más allá. Ayudaremos a modificar las redes neuronales que guardan el recuerdo del trauma, moldeando la rigidez de la experiencia no procesada que se muestra tan resistente a la modificación cognitiva y otorgando a nuestros clientes la posibilidad de liberarse de esas reacciones cíclicas, que se activan una y otra vez reviviendo las mismas respuestas, los mismos síntomas indeseados, los bloqueos y los patrones de conducta disfuncionales de los que desean deshacerse.

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