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Conductas repetitivas en el autismo: ¿cómo intervenir?

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Actualmente 1 de cada 88 niños está afectado por un Trastorno del Espectro Autista (TEA) siguiendo datos del CDC (Centro para el control y la prevención de enfermedades). Comparado con anterioridad, la prevalencia de este trastorno está aumentando a pasos agigantados así que no nos sorprende que cada vez haya más profesionales especializándose en este ámbito tan interesante y a la vez difícil de comprender.

Entendemos por autismo aquel trastorno del neurodesarrollo caracterizado por alteraciones cualitativas de la interacción social y de la comunicación, así como por mostrar un repertorio estereotipado y repetitivo de intereses y actividades (APA, 2014).

Los patrones de comportamientos repetitivos que suelen tener las personas con TEA se basan en una preocupación inusual o muy intensa hacia un interés u objeto; una adhesión aparentemente inflexible a rutinas o la necesidad de hacer rituales para realizar una actividad determinada, teniendo este ritual ninguna funcionalidad; manierismos motores estereotipados y repetitivos (manierismos simples, complejos y estereotipias), así como una preocupación persistente por partes de objetos.

Para alguien que cuenta con un diagnóstico de TEA, el entorno se puede volver en muchas ocasiones hostil, puesto que el día a día está lleno de demandas sociales que no entienden debido a las alteraciones en la interacción social y de comunicación que muestran. Así pues, cuando tu entorno te pide ciertas cosas que no eres capaz de dar la ansiedad está a la orden del día. Esta ansiedad, se traduce en todas estas respuestas repetitivas. Asimismo, estas respuestas también se manifiestan cuando sienten una emoción y se desborda, como por ejemplo pasar de estar contento a eufórico.

Pongamos un ejemplo en nosotros mismos: imaginemos que estamos en el trabajo de pie, esperando a que sea nuestro turno para exponer delante del resto del equipo un proyecto nuevo. El compañero que está exponiendo en ese momento se está alargando más de la cuenta, así que empezamos a ponernos nerviosos pensando en que no se nos olvide nada, pensando cuándo acabará el compañero y nos tocará a nosotros, así como por el juicio que emitan nuestros compañeros cuando estemos exponiendo.

Frente a esta situación, muchas personas realizarían conductas tales como morderse las uñas, mover la pierna rápidamente (pivotarla un poquito con la punta del pie), otros empezarían a notarse las manos sudadas, con un sudor frío, e incluso algunos otros irían caminando de un lado a otro de la sala, pero haciendo poco recorrido, puesto que no queremos que nos vean nerviosos. Esto mismo es lo que les sucede a las personas con TEA cuando sienten nervios y ansiedad solo que sus conductas son mucho más vistosas, como aletear (hacer movimientos a la altura del tronco del cuerpo parecidos la batir de las alas de los pájaros), hacer manierismos de manos (mover los dedos unos encima de los otros) o haciendo rituales simples, como tocar 4 veces la cremallera de la chaqueta, o complejos como tocar primero el suelo, luego la mesa y finalizar tocando la persiana.

Podríamos sumar a lo anterior la adherencia a rutinas que adoptan, así como la gran capacidad que tienen para realizar tareas repetitivas y monótonas o tener un interés inmenso en algo y nunca salir de ese interés. En definitiva, todo son estrategias para conseguir una estructura en su día a día que les rebaje la ansiedad en un mundo que les cuesta comprender.

Así pues, si para ellos puede resultar beneficioso realizar dichas conductas, ¿por qué es importante intervenir en ellas? Por el impacto social que tienen. A nadie le sorprende que alguien se muerda las uñas cuando está nervioso pero a un joven de 14 años sí que le sorprenderá que su compañero de clase entre clase y clase salga aleteando al pasillo. Para evitar una exclusión por parte de sus iguales es importante identificar que conductas motoras repetitivas tienen e intentar adaptarlas a su entorno para que puedan rebajar la ansiedad pero de una manera “socialmente aceptada”.

El primer paso para la intervención es identificar qué situaciones desencadenan dichas conductas. Un buen registro nos podrá ayudar mucho a identificarlas así como descubrir si se están dando por ansiedad o por una mala gestión de las emociones, puesto que el exceso de alegría también puede desencadenar estas conductas.

Una vez identificadas, es muy importante que no le demos una connotación negativa a aquella conducta que han realizado, pues debemos tener en cuenta que no son conscientes de dichos movimientos igual que no lo somos nosotros cuando nos mordemos las uñas. La mejor manera para intervenir es mostrarle conductas alternativas  que le ayuden a rebajar la ansiedad de la misma manera. Para ello, se pueden utilizar técnicas como el  encadenamiento, en la cual le iremos enseñando la conducta alternativa por diferentes pasos hasta que consiga llegar a la conducta alternativa final. Por ejemplo, si queremos frenar el aleteo, podemos pedirle que cuando tenga ganas de hacerlo lo haga solo con las manos sin los brazos. Posteriormente, introducimos otro cambio que podría ser pedirle que el aleteo no sea a la altura del tronco sino que lo haga con las manos detrás del cuerpo hasta llegar a la conducta final, que podría ser mover los dedos suavemente dentro de los bolsillos de la chaqueta.

Finalmente, recordar que es básico ir trabajando la gestión de la ansiedad e intervenir a nivel socio-emocional, puesto que muchas veces una vez identifican sus estados de ánimo y de ansiedad y aprenden a regularlos, todas estas conductas se rebajan, como nos pasa a todos cuando sabemos qué es aquello que nos está sucediendo.

 

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