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Anorexia Nerviosa: ámbitos de investigación e intervención multidisciplinar

Máster en psicología clínica y de la salud

Cuando pensamos en anorexia nerviosa (AN), la asociamos a huesos secos y quebradizos propensos a fracturas, caída del cabello, anemia, descenso de la temperatura interna corporal, deshidratación, fatiga, ralentización de la circulación, daño funcional y estructural del corazón debido al descenso en la masa muscular. Esta es la dura realidad de la AN, que se cobra la vida del 5-20% de quienes la sufren, a menudo debido a fallo cardiaco, malnutrición o suicidio (Blanco-Suárez, 2016).

A pesar de la seriedad de la enfermedad, la investigación en anorexia se encuentra poco financiada. En 2014, el National Institutes of Health (NIH) gastó 11 millones de dólares en investigación en anorexia (en comparación con, por ejemplo, los 562 millones de dólares destinados al Alzheimer, los 253 millones para la esquizofrenia, 396 millones en depresión y 1.011 millones de dólares para la diabetes), a pesar de que la prevalencia de la AN en los EE.UU. es increíblemente alta (Blanco-Suárez, 2016).

Analizar los aspectos biológicos de la anorexia nerviosa es muy complejo, sin embargo, un nuevo modelo de roedor, recientemente descubierto, alberga un gran potencial. Está basado en un fenómeno que se observó en las décadas de los 50 y 60, en donde se comprobó que si las ratas tenían una rueda de ejercicio disponible y en lugar de proporcionarles acceso constante al alimento se les restringía la dieta (se les alimentaba una vez al día), éstas corrían más que las ratas que tenían acceso constante a la comida y al final apenas se alimentaban a pesar de tener un incremento en su actividad física. De alguna manera, los cerebros de estas ratas se programaban para el ayuno y la adicción al ejercicio por lo que interesaba saber qué estaba ocurriendo, pues esto ayudaría a encontrar nuevas pistas sobre la base neural de la AN (Blanco-Suárez, 2016).

Pero, ¿qué ha convertido a este modelo en raro y fascinante? A menudo, los modelos roedores de una enfermedad implican el uso de algún fármaco o manipulación genética, eliminar un gen que hace que un receptor en particular o ciertas células cerebrales produzcan cantidades extras de una molécula concreta. Por el contrario, el modelo de anorexia basado en actividad no implica el uso de fármacos o la alteración de genes; el alarmante cambio de comportamiento que ocurre en los ratones está propiciado por el mero cambio en el horario de alimentación y la oportunidad de ejercicio ilimitado. Esto no solo proporciona un modelo con el que estudiar las bases biológicas de los circuitos neurales afectados, sino que también indica las tendencias que subyacen a la AN y que de alguna forma se han conservado a través de la evolución puesto que se desarrollan en el cerebro de las ratas sin apenas manipulación por parte del investigador (Blanco-Suárez, 2016).

No obstante, incluso si los científicos fueran capaces de identificar algunos de los genes capaces de incrementar la vulnerabilidad de las personas a desarrollar anorexia, la genética no explicaría todo, ya que las presiones ambientales también juegan un papel crucial. Estos desencadenantes vienen en diferentes formas, desde el abuso crónico pasando por eventos traumáticos hasta la necesidad de autodisciplina. En algunos casos, la presión puede venir de algún equipo de élite donde la competitividad y los entrenamientos repetitivos actúan como factores de estrés. O quizá una muerte o divorcio en la familia produce sentimientos de falta de control; un control estricto sobre lo que uno come puede, paradójicamente, parecer que restablece el control sobre algo (Blanco-Suárez, 2016).

De igual manera, existe un indiscutible vínculo entre la anorexia y los trastornos emocionales, especialmente la depresión. Se ha descubierto que hay una disfunción en una serie de regiones cerebrales asociadas con la generación y regulación del estado de ánimo y las emociones (incluyendo la corteza anterior cingulada, la amígdala, y el núcleo accumbens), señalando que es esta desregulación la que conduce a un comportamiento típico de AN. Sin embargo, no está tan claro si los trastornos emocionales llevan a la anorexia o viceversa. Dado este claro solapamiento entre trastornos emocionales y AN, 21 (Blanco-Suárez, 2016) y, bajo esta premisa ISEP forma a los psicólogos que se especializan con el Máster en Psicología Clínica en sus aulas.

A continuación, se expone el caso de una chica que intentó controlar lo que podía: la comida y su peso.

Neuwrite San Diego contactó con Joanna Kay cuando decidieron escribir un artículo sobre los trastornos de la conducta alimentaria con la finalidad de poder comprender la perspectiva de alguien que lo ha padecido al detalle (Blanco-Suárez, 2016).

“La enfermedad se desarrolló justo antes de que cumpliera los 14, a la vez que mis padres atravesaban un divorcio muy agrio. No sé por qué empecé a saltarme comidas para sentirme mejor, o qué fue lo que me dio la idea, pero es lo que ocurrió. No podía controlar lo que ocurría en casa, pero podía controlar lo que le hacía a mi cuerpo (también me autolesionaba e incluso comencé a abusar del alcohol). La década siguiente la pasé entre remisiones y recaídas. Perdía peso y luego me asustaba por lo enferma que me había puesto. Así que me decía a mí misma que tenía que parar con toda esa auto-destrucción y que intentaría comer más. Pero ganar peso me aterrorizaba, así que al final simplemente lo dejaba. Cada vez que intentaba relajar mi actitud restrictiva en cuanto a la comida, entraba en pánico y volvía a refugiarme en la anorexia. Debido a que crónicamente me encontraba por debajo de mi peso ideal, todo el mundo creía que mi complexión era naturalmente delgada, lo que en parte hizo que nadie se diera cuenta de que algo iba mal. Incluso yo acabé creyéndome esa mentira después de un tiempo”.

Joanna se encuentra ahora en proceso de recuperación, pero aún lucha por perder ese control férreo sobre su peso al que tan habituada está. No le permiten saber su peso y aun así todavía no percibe su aspecto de manera real. Después de tantos años agonizando sobre cada fracción de kilo, la imposibilidad para incluso calibrar la ganancia de peso genera una ansiedad a la que debe enfrentarse continuamente para mantenerla a raya. La entrevistada confirma desde su experiencia personal que la forma más efectiva de abordar la AN es multidisciplinar, con un tratamiento por parte de un equipo formado por un psicoterapeuta, un nutricionista, un médico y a veces un psiquiatra. Este equipo debe preparar un tratamiento acorde a las necesidades más fuertes del paciente. Y tras la implementación de dicho tratamiento, ha de ir disminuyéndose de manera gradual en cuanto a su nivel de intensidad para minimizar la posibilidad de recaída (Blanco-Suárez, 2016). El Máster en Psicología Clínica y de Salud de ISEP ofrece las herramientas necesarias para intervenir de forma multidisciplinar casos de anorexia nerviosa como el presentado.

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