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Adolescentes ¿impulsivos o biológicamente condicionados?

Máster en psicología clínica infantojuvenil

El cerebro alcanza su máximo tamaño a final de la infancia. Y después, permanece constante pero cambia su estructura. La adolescencia es el momento crucial para la maduración de la personalidad, ya que el cerebro se ordena, unas áreas crecen y otras disminuyen.

El establecimiento y regulación de los circuitos neuronales, se modula con la educación y la propia conducta. Los cambios naturales no son la causa de las llamadas “crisis emocionales” y “problemas conductuales” en algunos adolescentes, sino que se deben a influencias sociales y a experiencias y actitudes de cada uno sobre un cerebro naturalmente vulnerable.

Aunque no de una forma tan acusada, el cerebro permanece expuesto a cambios toda la vida, dependiendo de las experiencias, decisiones, convicciones y valores que vayamos asumiendo. Siempre tenemos la posibilidad de desarrollar hábitos y también rehacer los circuitos distorsionados a lo largo del tiempo, con nuestros actos.

A través de especializaciones como el Máster en Psicología Clínica Infantojuvenil de ISEP conocerás que, en general, en las chicas madura más rápidamente las ondas de la corteza prefrontal que procesan el lenguaje, el control de riesgo, la agresividad y la impulsividad. En ellas su cerebro se hace muy sensible a los matices emocionales de aprobación, aceptación o rechazo; es decir, influye la relación con los demás, la educación y sus propias decisiones. Su prioridad se centra en relacionarse socialmente, gustar y agradar. El estrés se dispara ante los conflictos en las relaciones con los demás o ante un peligro, y se relaja con las conversaciones en las que comparten su intimidad.

En los chicos, la elevación de la testosterona les hace casi literalmente querer desaparecer del entorno social. Disminuye en ellos el interés por el trato social, excepto en lo que se refiere al deporte y al sexo. De hecho, buscan desarrollar la competitividad y desear mantener su independencia, ya que necesitan ocupar su puesto en la jerarquía masculina. En ellos es más acusada la temeridad, tan característica en esta edad porque conceden más expectativas a los beneficios que a los riesgos.

La inmadurez de la corteza prefrontal, unida a la hiperexcitación del sistema cerebral de recompensa, lleva a chicos y chicas a implicarse en muchos comportamientos de riesgo. Las razones de esa excitación extrema están relacionadas con los cambios hormonales puberales y la mayor sensibilidad cerebral a la dopamina, un neurotransmisor responsable de las sensaciones placenteras, que hace que las recompensas tengan un enorme poder de atracción para ellos. Esta sensibilidad contribuye a explicar lo rápido que aprenden los jóvenes y su gran receptividad a la recompensa, pero también sus reacciones emocionales extremas ante la derrota y el fracaso.

Sin embargo, la investigación sistemática no apoya el estereotipo de los adolescentes como individuos irracionales que creen que son invulnerables, y que son inconscientes, inatentos o despreocupados por el daño potencial de la conducta de riesgo. De hecho, las habilidades de razonamiento lógico de los adolescentes de 15 años son comparables a las habilidades de razonamiento lógico de los adultos.

Steinberg (2004) parte de la premisa de que la toma de riesgos en el mundo real es el producto, tanto del razonamiento lógico, como de los factores psicosociales y si bien habilidades de razonamiento lógico parecen estar más o menos desarrolladas a la edad de 15 años, las capacidades socioemocionales que mejoran la toma de decisiones y moderan la toma de riesgos tales como el control de los impulsos, la regulación de la emoción, la demora de la gratificación y la resistencia a la influencia de los pares, continúan madurando hasta la adultez joven.

En muchos aspectos, la toma de riesgos es el producto de la competencia entre las redes socioemocional y de control cognitivo (Drevets & Raichle, 1998). Cuando los individuos no están emocionados o están solos, la red de control cognitivo es lo suficientemente “fuerte” como para imponer un control regulador sobre el comportamiento impulsivo y arriesgado, aun en la adolescencia temprana. No obstante, en presencia de padres o bajo condiciones de activación emocional, la red socioemocional se activa lo suficientemente como para disminuir la efectividad reguladora de la red de control cognitivo.

Parece entonces, que el sistema cerebral que regula el procesamiento de los reforzadores, la información social y las emociones, se hace más sensible y se activa más fácilmente alrededor de la época de la pubertad. Pero, ¿qué pasa con el sistema de control cognitivo? Las regiones que forman a la red de control cognitivo, especialmente las regiones prefrontales, continúan mostrando cambios graduales en su estructura y función durante la adolescencia y la adultez temprana (Casey, Tottenham, Liston, & Durston, 2005). Adicionalmente, las regiones frontales también se integran más con otras regiones cerebrales durante la adolescencia y la adultez temprana, y esta integración puede ser un cambio aún más importante que los cambios dentro de la misma región frontal.

En esencia, una de las razones para que el sistema de control cognitivo de los adultos sea más efectivo que el de los adolescentes, es que los cerebros de los adultos distribuyen sus responsabilidades reguladoras a lo largo de una red más amplia de componentes vinculados entre sí, mientras que en los adolescentes, la red adolece de comunicación cruzada entre algunas regiones (Steinberg, 2004).

Según Steinberg, una estrategia de más provecho que intentar cambiar cómo perciben los adolescentes a las actividades de riesgo podría ser enfocarse en las posibilidades que limiten que el juicio inmaduro tenga consecuencias dañinas. Por ejemplo, estrategias tales como elevar el precio del tabaco, el reforzamiento más vigilante de las leyes que gobiernan la venta del alcohol, la expansión del acceso de los adolescentes a la salud mental y los servicios de anticoncepción o incrementar la edad permitida para conducir, probablemente serían más efectivas en limitar el consumo de cigarrillo, el abuso de sustancias, el embarazo o las fatalidades automovilísticas adolescentes, que las estrategias que apuntan a hacer que los adolescentes tengan más información, sean menos impulsivos o tengan una visión más amplia de la vida.

Finalmente, podríamos concluir señalando que “algunas cosas toman tiempo en desarrollarse y, nos guste o no, el juicio maduro es probablemente una de ellas”. “En este sentido, la toma de riesgos durante la adolescencia es muy probable que sea normativa, biológicamente dirigida y, hasta cierto punto, inevitable” (Steinberg, 2004).

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